sábado, junio 6, 2026
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Del “comunista Indio Solari” al silencio: el dilema de Milei frente a una despedida multitudinaria

El Presidente evitó pronunciarse sobre la muerte del músico y apenas replicó un mensaje de Martín Menem. En 2017 lo había cuestionado duramente en redes sociales. La magnitud de la movilización obligó al Gobierno a involucrarse en la organización de la despedida.

Javier Milei eligió el silencio. O, más precisamente, eligió hablar de otra cosa. Mientras millones de argentinos despedían a Carlos “el Indio” Solari y las convocatorias espontáneas se multiplicaban en plazas, parques y calles de todo el país, el Presidente no emitió ningún mensaje de condolencia ni reconocimiento público a la figura del músico. Por el contrario, durante toda la jornada del viernes mantuvo una actividad habitual en sus redes sociales, dedicada casi exclusivamente a replicar mensajes vinculados a la marcha de la economía, elogios a la gestión oficial y videos del ministro de Desregulación y Transformación del Estado, Federico Sturzenegger.

La muerte de Solari colocó al Gobierno frente a una incomodidad difícil de administrar. No porque existieran dudas sobre la dimensión cultural del personaje, sino precisamente por lo contrario. El Indio representa uno de los fenómenos populares más masivos y perdurables de la Argentina democrática, pero también encarna un universo simbólico que históricamente estuvo en las antípodas de la narrativa libertaria. Entre aquellos tuits de confrontación y el silencio institucional de estas horas se despliega un dilema que atraviesa a toda la administración Milei: cómo reaccionar frente a símbolos colectivos que desbordan la lógica de la batalla cultural y conservan una capacidad de movilización que ni la política ni las redes sociales consiguen explicar del todo.

Durante buena parte del día, en la Casa Rosada pareció imponerse una reacción de cautela que rozó la indiferencia. Distintas versiones provenientes de despachos oficiales señalaban que no estaba previsto decretar duelo nacional ni habilitar el Congreso para una despedida pública. La explicación formal apuntaba a cuestiones de seguridad y logística. Hubo un único reconocimiento oficial. La Secretaría de Cultura, a cargo de Leonardo Cifelli, emitió un comunicado en el que expresó su “profundo pesar” y definió al Indio Solari como “un gran ícono de la música argentina”.

La distancia entre el ecosistema libertario y la sensibilidad ricotera no es solamente conceptual. Milei se expresó públicamente sobre Solari en al menos una oportunidad. Fue el 5 mayo de 2017, apenas dos meses después del multitudinario recital de Olavarría que terminó con dos personas fallecidas y marcó el final de la carrera en vivo del músico. “Si al Indio Solari le gusta tanto el paraíso comunista que viva en Cuba o Corea del Norte. También tiene Venezuela que adhiere a ese lujo!!!”, escribió entonces en su cuenta de X. Ante las respuestas de otros usuarios, redobló la apuesta: “En principio el comunista Indio Solari pasa parte de sus días en NY al margen de moverse en un avión privado (ej cuando rajó del desastre)”, agregó en referencia al polémico cierre de aquel recital.

Contraste cultural

El líder de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota encarnó durante años una sensibilidad cultural que el Gobierno suele asociar con tradiciones políticas y estéticas ajenas a su propia identidad. Sin ir más lejos, en el último tiempo, Solari se expresó como un abierto simpatizante “kirchnerista”. Sin embargo, cualquier intento de reducirlo a una etiqueta ideológica siempre resultó insuficiente. El Indio logró trascender las fronteras de la política partidaria para convertirse en uno de los pocos fenómenos culturales capaces de movilizar multitudes y ocupar un lugar singular dentro del imaginario colectivo argentino.

Quizás por eso las primeras horas posteriores a su fallecimiento encontraron al oficialismo sin una respuesta clara. En los pasillos de Balcarce 50 no parecían comprender que una cosa era confrontar con dirigentes opositores, periodistas o artistas desde el terreno de la pelea tuitera y otra muy distinta administrar la muerte de una figura cuya influencia desborda, mal que les pese, cualquier frontera ideológica y moviliza a sectores sociales tan diversos como difíciles de encasillar.

La situación comenzó a cambiar cuando las convocatorias espontáneas para homenajear al músico empezaron a multiplicarse en distintos puntos del país y cuando desde el entorno familiar se confirmó la intención de realizar una despedida pública. Recién entonces el Gobierno tomó verdadera dimensión de la magnitud del acontecimiento. En paralelo, se reforzó la seguridad en los alrededores de la Casa Rosada y se activaron contactos entre distintas áreas del Estado para monitorear posibles concentraciones de fanáticos.

Fue en ese contexto que Martín Menem debió salir a fijar una posición oficial. A través de un mensaje publicado en sus redes sociales, el presidente de la Cámara de Diputados descartó la posibilidad de realizar la despedida en el Congreso de la Nación. Según explicó, tras consultas con el Ministerio de Seguridad y las áreas técnicas correspondientes, “se concluyó que el Palacio Legislativo no reúne las condiciones de infraestructura, logística y seguridad necesarias para un evento de esta magnitud”.

Al mismo tiempo, Menem buscó despejar la idea de un desinterés estatal frente al fallecimiento del músico. “Con la mayor y absoluta predisposición, el Gobierno nacional se encuentra a disposición de la familia para trabajar conjuntamente en la elección de un lugar que esté a la altura de lo que el Indio Solari representa para la sociedad argentina”, afirmó. La frase no fue casual. Funcionó como un intento de amortiguar las críticas que comenzaban a acumularse sobre la aparente frialdad oficial. El propio Milei acompañó esa postura limitándose a replicar el mensaje de Menem.

Sin embargo, el viernes por la tarde, puertas adentro del Gobierno comenzaba a imponerse otra preocupación: la dimensión que podía adquirir la despedida pública. En la Casa Rosada daban por hecho que la movilización sería masiva, con fanáticos llegando desde distintos puntos del país e incluso con consultas provenientes de varias provincias sobre la organización de los traslados. La posibilidad de que cientos de micros desembarcaran en la Ciudad de Buenos Aires durante el fin de semana obligó a las autoridades a involucrarse rápidamente en la búsqueda de una alternativa para el velatorio y a garantizar las condiciones de seguridad necesarias para una convocatoria de semejante magnitud.

La cuestión ocupó buena parte de la agenda oficial durante toda la jornada. En el Ministerio de Seguridad, encabezado por Alejandra Monteoliva, trabajaban en el diseño de un operativo para contener la afluencia de seguidores que pretenden darle el último adiós al músico, mientras distintas áreas de la Casa Rosada y de la Cámara de Diputados mantenían contactos permanentes para evaluar escenarios y coordinar definiciones. La discusión ya no giraba únicamente alrededor de la figura del Indio ni de la relación histórica del oficialismo con el universo ricotero. El desafío pasaba por administrar una manifestación popular de dimensiones imprevisibles.

Aun así, el episodio expuso una tensión más profunda. El Gobierno puede sentirse cómodo cuestionando determinados sectores del mundo cultural o polemizando con artistas desde las redes sociales. Pero la muerte del Indio lo obligó a enfrentarse con algo bastante menos sencillo: la persistencia de símbolos colectivos que atraviesan generaciones y siguen formando parte de la identidad emocional de millones de argentinos. Y frente a fenómenos de esa escala, las categorías habituales de la batalla cultural libertaria parecen ofrecer respuestas bastante más limitadas.

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